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Pequeñas historias para educar a los clientes (I)

En algunas ocasiones es difícil tratar con los clientes. No hace mucho, en una reunión en la que presentamos un presupuesto, tras observarlo con detenimiento nuestro interlocutor nos aseguró que él había encontrado una empresa por Internet en la que publicaban los trabajos realizados y su coste. Con cierta sutileza (ninguna) nos hizo notar que los precios medios eran aproximadamente un tercio de la cifra que aparecía en el papel que yacía sobre su mesa.

No podemos culparle. La verdad es que ésta es una profesión para la que no hay carrera universitaria, certificaciones oficiales, planes de estudios ni preparación específica previa, y que el trasfondo de muchos de los desarrolladores web es el de un autodidacta. No obstante, eso no significa que no existan estudios sistemáticos, literatura sancionada, o profesionales que sean autoridades en materias como diseño, tipografía, legibilidad, usabilidad, accesibilidad, arquitectura de la información, y un largo etcétera, ni que el estudio de todas estas materias no distinga a un profesional de un aficionado. Pero como decía, no podemos esperar que el cliente tenga tales conocimientos; sólo podemos rezar por que confíe en nosotros y nuestra experiencia. Por ello, tal vez, para ayudarlo es bueno explicarle las situaciones por medio de analogías.

Pues bien, aquí publicamos una pequeña historia de la que se puede sacar cierta moraleja.

La situación inicial

Escenario A

Juan Fulano decide que ya es hora de renovar su viejo Xsara 1.6. Se acerca a un concesionario de Citroën, y explica al vendedor cuáles son sus preferencias en materia de coches y por qué y para qué quiere renovar su viejo vehículo. El vendedor, después de escucharlo, le comenta que probablemente el modelo que mejor puede satisfacerle es el C5 THP 155 Premier. También, por supuesto, le informa de que el precio rondaría los 25.000 euros. Agradecido por el tiempo que le ha dedicado, Juan Fulano se queda con la tarjeta del vendedor y le asegura que lo llamará tan pronto como tome una decisión.

No obstante, de camino a su casa, Juan Fulano se cruza con un hombre apoyado en una esquina quien en tono confidencial le dice «¡Eh, amigo! ¿Quiere comprar un Citroën C5 THP 155 Premier por 5.000 euros?».

Escenario B

Juan Fulano decide que ya es hora de renovar la vieja página de su negocio. Concierta una reunión con el desarrollador de una empresa de diseño web, y explica al mismo cuáles son sus preferencias en materia de páginas y por qué y para qué quiere renovar su viejo sitio. El desarrollador, después de escucharlo, le plantea cómo, según su experiencia, la página sería más útil, accesible, atractiva y usable. También, por supuesto, le informa de que el precio rondaría los 1.500 euros. Agradecido por el tiempo que le ha dedicado, Juan Fulano se queda con la tarjeta del desarrollador y le asegura que lo llamará tan pronto como tome una decisión.

No obstante, de camino a su casa, Juan Fulano en una marquesina del autobús lee una fotocopia que dice «Su página web, por 300 euros».

Lo que Juan Fulano debería hacer

Escenario A

De una forma instintiva, la diferencia de precio le hace sospechar: «¿La quinta parte?». Inmediatamente piensa que seguramente no se trata de un modelo recién salido de fábrica, que es muy probable que no tenga los extras que él desearía, que en el concesionario trabajan profesionales que le inspiran más confianza, o, en definitiva, que lo que el hombre de la esquina le ofrece no puede ser en absoluto un Citroën C5 THP 155 Premier de verdad y que lo que pretende es timarlo. Por todo ello, decide comprar su coche en el concesionario.

Escenario B

De una forma instintiva, la diferencia de precio le hace sospechar: «¿La quinta parte?». Inmediatamente piensa que seguramente no se trata de una página adaptada a sus necesidad sino alguna plantilla predeterminada en la que se embutirán los contenidos que pueda aportar y a la que «personalizarán» cambiando el logo y los colores, que en la empresa de desarrollo web trabajan profesionales que le inspiran más confianza, o, en definitiva, que lo que le ofrece el anuncio de la marquesina no puede ser en absoluto una página web de verdad y que lo que pretenden es timarlo. Por todo ello, decide contratar a la empresa para que programen su página.

Lo que Juan Fulano hace

Escenario A

De una forma instintiva, la diferencia de precio le hace sospechar: «¿La quinta parte?». Inmediatamente piensa que seguramente no se trata de un modelo recién salido de fábrica, que es muy probable que no tenga los extras que él desearía, que en el concesionario trabajan profesionales que le inspiran más confianza, o, en definitiva, que lo que el hombre de la esquina le ofrece no puede ser en absoluto un Citroën C5 THP 155 Premier de verdad y que lo que pretende es timarlo. Por todo ello, decide comprar su coche en el concesionario.

Escenario B

Juan Fulano agradece su buena suerte, porque si al final una página web es una página web, mejor cuánto más barata: «¡La quinta parte!». Inmediatamente saca su móvil y apunta en la agenda el teléfono de la fotocopia, pensando que el desarrollador con el que se ha reunido pretendía timarlo, pero que él no es tonto. Por todo ello, el logo de su empresa y sus contenidos acaban embutidos en una plantilla. Eso sí, con sus colores corporativos.

Esta entrada se publicó el 16 de enero de 2010, se archivó en , y fue etiquetada como . Autor: Saúl González Fernández. Aún no hay comentarios ›.

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